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Entierro en Laja

Entierro en Laja

Retratos del Coronavirus

 

En medio de la cuarentena, un grupo de dolientes son increpados por un funcionario. Al otro lado de Bolivia, vivo mi propio duelo.

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SANTA CRUZ DE LA SIERRA, Bolivia — Alguien en Laja se murió de muerte natural, para decir que no fue por el coronavirus. Por lo visto, se trataba de alguien importante en la comunidad, así que el entierro fue convocado en medio de la cuarentena ordenada por las autoridades nacionales a causa de la pandemia.

Más de doscientas personas se congregaron.

Los familiares y las autoridades comunitarias, luego del entierro, se habían reunido para el ritual mortuorio andino bajo una larga y desolada galería, apoyada sobre una todavía más dilatada pared de adobe, lugar de las reuniones comunales. Con rostros compungidos, se veían sentados contra la pared en un banco de listones de madera, ya algo descabalado, tan largo como el lugar. Al centro, una mesa con un mantel hecho de aguayo rojo, bajo el cual espera la coca, y se puede ver una botella de gaseosa negra. Los varones acompañantes se encontraban parados en el descampado, desde donde se podía advertir el inmenso altiplano boliviano, que el verano esfuerza un verde débil y pajizos apurados, abierto a continuación de las construcciones del pueblo, edificadas generalmente con toscos ladrillos sin revocar.

Un ministro del gobierno, que iba de inspección para vigilar que se cumplan las restricciones sanitarias, apareció de improviso y se puso a arengar a los deudos.

En medio de la perorata se dirigió a uno de los tres personajes que venían vestidos para la ocasión: chamarra de lana gris y un sombrero tipo fedora, una bolsa que le llaman chuspa para guardar la coca —que los identifica como una autoridad comunitaria—. El funcionario lo interpeló sobre que “a usted, señor, si se muere mañana, no vamos a poder enterrarlo. Nadie va a venir a velarlo, lo vamos a tener que meter a un crematorio”. Pero el aludido solo mostraba una ancha sonrisa.

Después, dirigiéndose a un grupo de mujeres que, sentadas sobre el piso, le daban la espalda, les decía que se retiraran, que “ya habían hecho su entierro”. Pero nadie se movía. El ministro continuaba su discurso, con voz persuasiva, que esta es una enfermedad que no conocemos, una enfermedad que afecta a las personas mayores, que nos afecta todos… Pero algunas de las mujeres, ya paradas, replicaban, que “nada malo estamos haciendo. ¿Por qué nos agreden?”. Otra dice que están a punto de iniciar con el alimento de costumbre sin el cual el alma del difunto no podrá ser adecuadamente conducida. Una mujer mayor alza la voz y le dice, “aquí no tenemos enfermedades, papito”.

Pero, el ministro, con las manos abiertas levantadas, continuaba su amonestación y se acerca a los que se estaban sentados en el largo banco de listones. Como respuesta, alguno toma distancia de los de sus costados; otro, bastante mayor, y que está sentado frente a la mesa, hace una seña con los dedos pidiendo un espacio para hablar, pero el ministro dale que dale con la perorata.

A cientos de kilómetros de Laja, aquí, en Santa Cruz de la Sierra, estoy en estricta cuarentena y veo una y otra vez el video del entierro en ese municipio de la provincia de Los Andes. Y se agolpa, de inmediato, el fallecimiento de mi madre. Apenas iniciada la cuarentena ella murió. El efímero cura, el entierro con un máximo de diez personas, barbijos y miradas de miedo. Pienso que, como a los deudos de Laja, nadie comprenderá mi dolor, mi pérdida, mis rituales, mi credo, que me lleva a creer que mi madre aún vive de otra forma, que los muertos no mueren.

Recuerdo entonces que uno de los dolientes de Laja se le había enfrentado al ministro. “¿Qué han hecho?, ¿qué han hecho ustedes? Muy tarde han venido”. Siento que yo, también en duelo, acaso con otras palabras, también lo hubiese dicho.

FUENTE: NYTimes

 

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